Los devastadores terremotos que recientemente afectaron a Venezuela no solo dejan una profunda tragedia humana y material. También nos recuerdan una realidad poco conocida fuera del ámbito científico: cada gran terremoto modifica físicamente la posición del territorio.
En cuestión de segundos, ciudades, carreteras, montañas e incluso continentes se desplazan algunos centímetros o, en los casos más extremos, varios metros. Ese cambio obliga a actualizar las coordenadas con las que representamos el territorio y sobre las que funcionan la cartografía, la navegación satelital y gran parte de la infraestructura moderna.
Cuando hablamos de coordenadas, normalmente pensamos en números permanentes que indican la ubicación exacta de una ciudad, una carretera o una vivienda. Sin embargo, desde el punto de vista geodésico, las coordenadas son dinámicas. Cada terremoto representa una gigantesca redistribución de energía que desplaza bloques completos de la corteza terrestre, modificando millones de coordenadas simultáneamente. Este fenómeno ha sido ampliamente documentado por organismos internacionales como el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) y el Sistema de Referencia Geocéntrico para las Américas (SIRGAS).
Aunque al momento de escribir esta columna aún no se han publicado las soluciones geodésicas oficiales del reciente terremoto de Venezuela, la experiencia obtenida en terremotos de magnitud similar permite anticipar que las zonas cercanas a la ruptura de la falla podrían haber experimentado desplazamientos permanentes del orden de 1 a 3 metros, mientras que sectores ubicados entre 10 y 30 kilómetros podrían haberse desplazado entre 20 y 80 centímetros.
Incluso ciudades más alejadas, como Caracas, situada aproximadamente a 170 kilómetros del epicentro, podrían haber cambiado su posición varios centímetros respecto de las coordenadas que tenían antes del sismo. Estas estimaciones se basan en modelos geodésicos y observaciones realizadas mediante redes GNSS e imágenes satelitales InSAR utilizadas por el USGS, la Agencia Espacial Europea (ESA) y diversos centros internacionales de investigación.
Dicho de otra manera, después de un gran terremoto un país ya no ocupa exactamente el mismo lugar que ocupaba el día anterior.
La geodesia moderna permite detectar estos desplazamientos con precisión milimétrica mediante redes permanentes GNSS e imágenes satelitales obtenidas por interferometría radar (InSAR). Estas tecnologías son utilizadas rutinariamente por organismos como la ESA, el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, el Centro Alemán de Investigación en Geociencias (GFZ) y múltiples instituciones científicas para reconstruir la deformación de la superficie terrestre prácticamente en tiempo real.
Mucho más de lo que imaginamos depende de estas coordenadas. Carreteras, puentes, aeropuertos, redes eléctricas, minería, catastros, agricultura de precisión, drones, vehículos autónomos e incluso los teléfonos celulares utilizan sistemas geodésicos para determinar posiciones. Cuando las coordenadas cambian y los marcos de referencia no se actualizan, comienzan a aparecer pequeños errores que, acumulados, pueden afectar proyectos de ingeniería, infraestructura crítica y procesos de monitoreo territorial.
Chile conoce muy bien esta realidad
Nuestro país se ubica sobre una de las zonas tectónicas más activas del planeta. La placa de Nazca converge con la placa Sudamericana a una velocidad cercana a 7 centímetros por año, valor determinado mediante observaciones GNSS continuas y ampliamente documentado por SIRGAS, el Centro Sismológico Nacional de la Universidad de Chile y el USGS. Esto significa que Chile se encuentra en permanente movimiento, incluso cuando no ocurren terremotos. Sin embargo, durante un gran evento sísmico ese desplazamiento puede producirse en cuestión de segundos.
El terremoto del 27 de febrero de 2010 (Mw 8,8) constituye uno de los eventos geodésicos mejor estudiados del mundo. Diversas estaciones GNSS registraron desplazamientos horizontales de hasta cinco metros, mientras que en algunas zonas costeras el terreno experimentó levantamientos y subsidencias superiores a dos metros. Estos resultados fueron publicados por Vigny et al. (2011) en la revista Science y posteriormente confirmados por numerosos estudios internacionales.
En otras palabras, después del 27F las coordenadas oficiales de miles de puntos del territorio chileno dejaron de representar su ubicación real. Aquello obligó a recalcular redes geodésicas completas, actualizar estaciones GNSS y redefinir parte de la infraestructura cartográfica utilizada por organismos públicos, empresas, universidades y centros de investigación.
El verdadero desafío del siglo XXI
Durante décadas asumimos que las coordenadas eran permanentes. Hoy sabemos que eso simplemente no es cierto. La geodesia moderna trabaja con marcos de referencia dinámicos, recomendados por la Asociación Internacional de Geodesia (IAG) y adoptados progresivamente por numerosos países para incorporar tanto el movimiento continuo de las placas tectónicas como los desplazamientos instantáneos producidos por grandes terremotos.
Esta evolución tecnológica no constituye un lujo científico. Es una condición indispensable para que los sistemas GNSS, la cartografía nacional, la minería, la infraestructura crítica y las futuras ciudades inteligentes continúen operando con precisión.
Una oportunidad para Chile
Más allá de la tragedia que vive Venezuela, este terremoto vuelve a demostrar la importancia estratégica de contar con una infraestructura geodésica moderna y permanentemente actualizada.
Chile posee una de las redes GNSS más desarrolladas de Sudamérica y ha realizado importantes avances en la modernización de sus marcos de referencia geodésicos. Sin embargo, aún enfrentamos un desafío mayor: avanzar hacia un sistema nacional completamente dinámico, capaz de reflejar en tiempo real los desplazamientos naturales del territorio.
En un país altamente sísmico como el nuestro, donde la minería, la construcción de infraestructura, la navegación aérea y marítima, el monitoreo ambiental, la gestión del riesgo y las futuras aplicaciones de movilidad autónoma dependen cada vez más del posicionamiento de alta precisión, seguir utilizando coordenadas estáticas significa ignorar que el territorio cambia continuamente.
Mientras los medios de comunicación informan cuántos edificios colapsaron o cuántas personas resultaron afectadas, los geodestas observan otro fenómeno mucho más silencioso, pero igualmente trascendental: después de un gran terremoto, un país completo cambia de posición.
No se trata de una metáfora. Es una realidad científica y mientras la Tierra continúe moviéndose, nuestras coordenadas también deberán evolucionar.
Comprender esa dinámica no solo mejora la precisión de los mapas. Permite construir infraestructura más segura, fortalecer la planificación territorial, optimizar la respuesta frente a desastres naturales y desarrollar tecnologías que requieren posicionamiento centimétrico. En definitiva, invertir en geodesia es invertir en seguridad, desarrollo y soberanía territorial.
Porque, después de cada gran terremoto, no solo cambia el paisaje. También cambian las coordenadas con las que entendemos el mundo.
