El Fondo de Investigación para Universidades (FIU), impulsado durante la administración anterior como una política de financiamiento científico de largo plazo, nos dio en la Universidad de Santiago algo poco frecuente: la posibilidad de pensar a diez años.
Desde nuestro grupo de astronomía, una de las primeras decisiones fue quizás poco obvia: aprovechar esa oportunidad para vincular la astrofísica y otras ciencias exactas con inteligencia artificial, humanidades, artes y ciencias sociales. Así nació CIRAS-AI.
La razón es simple. La ciencia que necesitaremos en las próximas décadas no puede construirse desde disciplinas aisladas. La inteligencia artificial, por ejemplo, está delegando a máquinas tareas de interpretación, creación y toma de decisiones que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas. No basta entonces preguntarnos qué podemos hacer con estas tecnologías. Tenemos que preguntarnos qué queremos hacer con ellas, quién toma esas decisiones y qué sociedad queremos construir.
La astronomía chilena hace especialmente visible esta necesidad. Chile posee una infraestructura observacional extraordinaria, desarrollada durante décadas de cooperación internacional, y es una de las áreas que el Ministerio reconoce como fortaleza estratégica. Pero pensar su futuro exige bastante más que celebrar que somos una “potencia astronómica”.
Los observatorios instalados en nuestro territorio abren preguntas sobre ciencia, tecnología, territorio y poder. ¿Qué capacidades quedan en Chile? ¿Quién controla los datos y desarrolla la tecnología? ¿Cómo construimos una relación con las comunidades que habitan esos territorios? ¿Qué diálogo establecemos con los pueblos originarios, cuyas formas de observar, comprender y relacionarse con el cielo preceden por siglos a la astronomía moderna?
Estas preguntas no son externas a la ciencia. Son parte de la ciencia que queremos construir. Y no podemos responderlas solo desde la astronomía. Necesitamos a las ciencias sociales, las artes y las humanidades para comprender críticamente nuestra práctica, escuchar otras formas de conocimiento y, probablemente, descubrir preguntas que hoy todavía no sabemos formular.
Por eso preocupan algunos de los cambios recientes impulsados desde el Ministerio de Ciencia. Es legítimo que un país defina prioridades y quiera fortalecer capacidades propias. Pero sería contradictorio que, al intentar apoyar áreas estratégicas como la astronomía, termináramos debilitando aquello que las ha hecho fuertes: la circulación internacional de personas e ideas, la diversidad de perspectivas y la colaboración entre disciplinas.
La ciencia que Chile necesita no será más sólida por cerrar fronteras, disciplinares o nacionales. Frente a la inteligencia artificial y los desafíos del futuro, necesitamos exactamente lo contrario: más apertura, más diálogo y más puentes.
