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Columna de Opinión

Starmer y Carney viajan a China: entre el pragmatismo y las contradicciones

Claudio Coloma, doctor en Ideología y Análisis del Discurso de la Universidad de Essex.

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  • Jueves 29 de enero de 2026 - 14:42

Paradojas de la historia. Probablemente esta sea la primera vez desde el Imperio mongol que un poder extrarregional manifiesta abiertamente su interés por apropiarse de territorios europeos. La reacción ha sido de escándalo en Occidente —y, curiosamente, también entre aquellos latinoamericanos progresistas que se juran occidentales—, olvidando el extenso currículum colonial que Europa acumula en África, Asia y América. En este contexto, Claudia Sheinbaum ha sobresalido como una excepción al recordar explícitamente ese pasado colonial europeo, incomodando a más de uno.

Traer esta contradicción al primer plano no es una mera anécdota histórica, sino un síntoma del sinsentido que ha caracterizado a la diplomacia europea en los últimos años. Europa condenó con razón la invasión rusa a Ucrania, cortando de raíz toda relación formal con Moscú y firmando incluso un acuerdo para terminar con su dependencia energética rusa —sin tener claro cómo reemplazarla—. Sin embargo, fue notablemente pasiva frente a la masacre israelí en Gaza, limitándose a tibias declaraciones que jamás pusieron en riesgo el vínculo diplomático con Tel Aviv. El entonces primer ministro neerlandés, Mark Rutte, se convirtió en símbolo de esa indulgencia: sus reiterados viajes a Israel en defensa del “derecho a la autodefensa” fueron coronados con su nombramiento como secretario general de la OTAN tras dejar el cargo.

Es en este escenario de incoherencias donde deben leerse las recientes visitas a Beijing del primer ministro británico, Keir Starmer, y del canadiense, Mark Carney. Que un jefe de gobierno del Reino Unido no haya visitado China en ocho años, y que Canadá haya hecho lo propio tras siete, no es casual. Durante ese período, Londres y Ottawa abrazaron con convicción la narrativa estadounidense según la cual el ascenso de China constituía una amenaza para la paz mundial y un desafío intolerable al orden liberal-democrático.

Hoy, sin embargo, esas consideraciones parecen haber perdido centralidad frente a la agresividad de Washington, en particular tras el quiebre abierto entre la administración Trump y Europa a raíz de la ambición estadounidense sobre Groenlandia. La paradoja no termina ahí: mientras Starmer, Carney y otros líderes de la OTAN intentan recomponer vínculos con China, siguen esforzándose por preservar su amistad con Estados Unidos, disfrazando la amenaza estadounidense sobre Groenlandia como una supuesta defensa frente a ambiciones chinas y rusas. Una narrativa difícil de sostener.

En este contexto, Occidente vuelve a preguntarse por las intenciones de China: ¿fomentar el comercio o convertirse en el nuevo poder mundial? La corresponsal de la BBC en Beijing, Laura Bicker, expone sin querer las inconsistencias del discurso occidental: aunque China intenta mostrarse como un país sin ambiciones hegemónicas, las supuestas “pruebas” de lo contrario serían sus paradas militares, la expansión de la Franja y la Ruta y los créditos para infraestructura en países en desarrollo. En definitiva, para Occidente, nada resulta más inquietante que la cooperación internacional fuera de su órbita.

En Davos, Carney acaparó titulares al afirmar que hemos entrado en un nuevo orden mundial. Detrás de esa declaración subyace la convicción estratégica de que Estados Unidos ha dejado de ser un socio confiable y promotor de un orden basado en reglas, transformándose en un actor egoísta y autosuficiente. Tal vez, sin embargo, el orden no esté cambiando para el mundo en su conjunto, sino solo para los aliados occidentales de Washington, que por primera vez sienten en carne propia la volatilidad del poder estadounidense.

Con Groenlandia, Europa experimentó el mismo vértigo que sintieron los panameños en 1989, los yugoslavos en los años noventa, los iraquíes en las décadas de 2000 y 2010, o los venezolanos en los años recientes. Es una desconfianza similar a la que China arrastra desde el bombardeo de la OTAN a su embajada en Belgrado en 1999, o a la que vivieron los iraníes tras la retirada estadounidense del acuerdo nuclear en 2017. Incluso el malestar europeo por los aranceles de Trump recuerda la impotencia de países como Chile, Brasil, China e India, cuando Estados Unidos y la Unión Europea se negaron a abrir sus propios mercados agrícolas durante la Ronda de Doha.

En medio de esta dislocación estratégica, Occidente parece moverse como un ciego sin bastón: incapaz de redefinir su lugar en un mundo cada vez menos eurocéntrico y crecientemente plural. Las visitas a China de Starmer y Carney no son un giro ideológico ni señales de pragmatismo, sino la evidencia de una diplomacia errática que ya no sabe muy bien dónde están sus aliados, ni quién define las reglas del juego.