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Columna de Opinión

Venezuela, la tragedia del común

Cristián Garay, analista internacional y académico del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago.

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  • Diario Usach

  • Lunes 5 de enero de 2026 - 16:23

Una de las aristas menos tratadas en la crisis de Venezuela es la posición del pueblo migrante venezolano. El hecho que los venezolanos fuera de su país asciendan a 7,89 millones, según la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V), es lo suficientemente contundente para observar una anomalía entre sistema político y consecuencias internacionales.

Hace mucho tiempo los estudios migratorios dejaron de ser una cuestión de demografía, para entrar en los estudios internacionales. ¿Cuál es el poderoso impulso que lleva a esa masa a salir de su país, en condiciones desmedradas, sin papeles y sin apoyo consular de su gobierno, tratados como enemigos?

La diáspora venezolana no salió del país por un simple tema económico. El régimen no fue siempre una dictadura. Cuando Chavez ascendió en 1998, tenía una gran popularidad, prometía barrer con la corrupción, y los “políticos”, el regimen de partidos del Pacto Punto Fijo, tenía la época mas estable, próspera y centrista de su historia.

De hecho, la nueva Constitución tardó su tiempo, y adecuar a las instituciones otro tanto, pero se desplegó la gestion económica, cuyo principal responsable fue el propio Chávez. En ese proceso se redujeron catorce ceros a los billetes, que perdieron su valor. Chavez llamó, en una de esas crisis, a llevarse los televisores del comercio por la moneda devaluada, consiguiendo la destrucción del sector.

Pocos se acuerdan que llevó a un chileno de la Universidad Arcis que sostenía que la inflación era un constructo teórico-discursivo. La destrucción económica empezó mucho antes de las sanciones internacionales y de Maduro, y se cernió sobre el petróleo y la negativa a extender su mandato (despido masivo en PDVSA y la Lista Tascón en 2003), y la estatización de la industria productiva, que fue desapareciendo como resabio del “capitalismo”.

De todas formas, Chávez mantuvo su poder y excluyó a la oposición, pero colapsó por la mala administración de los recursos, pensados para financiar procesos revolucionarios, gobiernos afines, y, en sus sueños, una revolución mundial. Todo ello agudizó la crisis económica, que heredó con cero popularidad Nicolás Maduro.

Para entonces, la represión ya era constante y como constanta el informe de Michelle Bachelet entre 2016-2018 hubo 23.000 ejecuciones y desapariciones de opositores,  y desde la muerte del caudillo (2013) suman más de 30.000 asesinatos y desaparecidos. En años recientes se cuentan en 2.000 los dirigentes encarcelados y 3.000 militares disidentes.

En ese marco, la salida de venezolanos por la depreciación de la moneda, la persecución política y el desgaste en la juventud fue tal que movió desde estratos acomodados en el 2000 a masivas salidas de antiguos beneficiaros de bonos y ayudas, sin contar con que ya no solo era oposición, sino también antiguos chavistas. Entretanto el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con un 30% de apoyo, consolidó su proyecto político, criminalizando los comentarios en internet o las discusiones en whatapps. La legislación se hizo más y más frondosa, hasta normar el lenguaje.

Las salidas políticas no fueron posibles; el triunfo parlamentario de 2015 fue anulado por el secuestro de una Asamblea Constituyente de sus facultades. Cuando se ganaba un gobernador, el gobierno nombraba un “Protector” de la región. Las elecciones fueron manipuladas por redibujamiento de los distritos, cancelación de personerías jurídicas y multiplicación de nombres partidarios hasta llegar a la convicción que el régimen consideraba a los migrantes como enemigos del estado, a los que no se les daba la más mínima atención consular, ni documentos.

La oposición venezolana fue siempre civil, y careció de fuerza para impedir la unidad de fuerzas armadas y Partido oficialista. Disgregados en el mundo, había consenso de la imposibilidad de volver a Venezuela con condiciones mínimas de seguridad.

Esto se consolidó con el fracaso de la intermediación noruega, y la determinación de aferrarse al poder bajo toda forma. Las últimas elecciones fueron claves en la deslegitimación del régimen, que en lo internacional apoyaba a otros estados parias. El venezolano común, la degradación del régimen es la oportunidad del retorno, como migrantes forzosos. Esa población ve la detención de Maduro como el retorno a la legitimidad perdida, dada por un actor externo, pues no hubo ningún mecanismo conciliatorio, hoja de ruta o acción internacional que pudiera disuadir jurídicamente al Estado post chavista.