El consumo de alcohol puede adquirir una nueva dimensión durante la vejez. No solo porque el organismo procesa de manera diferente la misma cantidad, sino también porque factores como la jubilación, la viudez, la pérdida de vínculos, el aislamiento social y los cambios en las rutinas pueden coincidir con una dependencia que muchas veces comenzó décadas antes.
Un análisis del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, correspondiente al período 2016-2024, registró 1.662 defunciones por síndrome de dependencia del alcohol. Dentro de este grupo, los hombres de 65 a 75 años presentan las tasas más altas de mortalidad asociadas a esta causa.
Para el Dr. Matías Ibáñez, médico experto en adicciones y fundador de Clínica Pellet Chile, este escenario también se observa en la práctica clínica, particularmente en personas que llegan a la vejez con una historia prolongada de consumo.
“Cada vez hay más personas sobre 65 años que llegan con un consumo que arrastran desde hace décadas y que se disparó cuando se quedaron sin rutina, sin pareja o sin compañía”, explica.
El especialista plantea que acontecimientos como la jubilación, la viudez o la soledad no generan por sí mismos una adicción, pero pueden convertirse en factores que favorezcan un aumento del consumo cuando ya existe una relación problemática con el alcohol.
“La jubilación, la viudez y la soledad no crean la adicción, pero son la excusa: el vaso pasa a llenar las horas y el silencio, y en la casa nadie levanta la alerta”, sostiene Ibáñez.
El envejecimiento modifica también la manera en que el organismo responde al alcohol. El académico de la Universidad de Santiago de Chile y experto en salud pública y nutrición, Dr. Tito Pizarro, explica que una de las razones está relacionada con la hidratación.
“En general, las personas mayores tienden a no hidratarse bien. Por condiciones de la edad uno empieza a tomar menos agua, y hay una menor cantidad de agua circulante. Eso hace que el alcohol se concentre más en la sangre y afecte más a las personas con la misma cantidad”, señala a Diario Usach.
A esto se suma la pérdida progresiva de masa muscular. “Con la edad disminuye la masa muscular, que es un lugar donde normalmente se queda el alcohol y, al haber menos masa muscular, hay mayor incorporación del alcohol a los distintos tejidos”, explica Pizarro.
De esta manera, una cantidad de alcohol que años atrás podía generar efectos aparentemente menores puede producir una respuesta más intensa en una persona mayor.
A ello se agregan otros factores propios de esta etapa de la vida, como el uso de medicamentos, el riesgo de caídas, las alteraciones del sueño y los problemas de memoria y funcionamiento cognitivo.

FUNCIÓN EMOCIONAL
Los especialistas coinciden en que uno de los aspectos que se debe observar es para qué está utilizando la persona el alcohol. Ibáñez advierte que en algunos casos el consumo deja de estar asociado a una instancia social y comienza a cumplir una función emocional.
“Muchas veces el consumo no es el problema de fondo, sino la forma de manejar ansiedad, depresión o malestar emocional. Funciona como una válvula de escape momentánea, pero después el costo es mayor”, señala.
En ese contexto, el alcohol puede comenzar a utilizarse para enfrentar el aburrimiento, la angustia, el aislamiento o incluso para intentar conciliar el sueño.
“La mayoría de estas personas no bebe para divertirse. Bebe para llenar un vacío, para calmar una sensación de desconexión o para soportar el silencio. Cuando el alcohol empieza a cumplir esa función emocional, deja de ser un hábito social y se transforma en una señal de alerta”, sostiene el especialista.

Las cifras sobre aislamiento social permiten dimensionar el contexto en que viven muchas personas mayores en Chile. Según el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, a partir de la VI Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez UC-Caja Los Andes, 49,2% de las personas mayores declara sentirse sola, mientras que el 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social.
El fenómeno es particularmente marcado entre hombres sin pareja: el 65,5% declara sentirse solo, frente al 33% de quienes tienen pareja.
Para Tito Pizarro, los cambios asociados al envejecimiento pueden modificar profundamente las relaciones sociales y el sentido de pertenencia. “Vivir un periodo en donde jubilas, dejas de trabajar o dejas de tener el oficio, en donde la sociedad te considera como un menos valor, donde hay un poco de prejuicio hacia las personas mayores, en donde hay una vida social que es distinta, en donde tus espacios normales desaparecen, tú ya no vas al trabajo o a tu oficio”, plantea.
“La misma familia va cambiando sus relaciones, donde dejas de aportar financieramente o aportas menos financieramente a la familia, donde parten tus seres queridos o tus amigos, ya no están”, agrega.
El académico enfatiza que esto no significa que la soledad sea necesariamente la causa de un consumo problemático. Sin embargo, sí puede formar parte de un contexto que debe ser observado.
“Las relaciones no son necesariamente causa y efecto, pero sí hay un momento especial y si el alcohol puede afectar de manera distinta en este periodo de la vida, entonces hay que aprender a vivir siendo una persona mayor con un consumo distinto del alcohol y en distintas condiciones”, afirma.
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