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Chile no duerme y se siente más solo: La salud mental en el país está en sus peores niveles desde la pandemia

Un 21,9% de los encuestados presenta altos niveles de soledad percibida y un 14,3% registra síntomas moderados o severos de insomnio, las cifras más altas en varios años. Especialista explica cómo el estrés, la ansiedad y la falta de descanso pueden terminar alimentando un círculo de deterioro psicológico.

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  • Fabián Escobar

  • Jueves 8 de octubre de 2026 - 11:46

La salud mental de los chilenos y chilenas vuelve a encender las alarmas. Así lo confirma la nueva edición del Termómetro de la Salud Mental en Chile Achs-UC que evidenció un deterioro simultáneo en distintos indicadores de bienestar psicológico, con aumentos en los niveles de depresión, ansiedad, insomnio y soledad percibida.

De acuerdo con el estudio, un 18,5% de las personas encuestadas presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, cifra que aumentó 5,8 puntos porcentuales respecto de abril de 2025, cuando alcanzaba el 12,7%. Se trata, además, del nivel más alto registrado en los últimos cuatro años.

Pero uno de los aspectos que más llama la atención es que el deterioro no se concentra en un solo indicador. La investigación muestra un empeoramiento simultáneo en cinco dimensiones: salud mental general, depresión, ansiedad, insomnio y soledad, un fenómeno que no se observaba desde abril de 2021, en plena pandemia del Covid-19.

UN PAÍS QUE DUERME MENOS

Entre los resultados destaca el fuerte aumento de los problemas de sueño. Los síntomas de insomnio moderados o severos pasaron de 8,6% a 14,3%, alcanzando su nivel más alto desde agosto de 2021.

Para Isabel Puga, académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de Santiago y psicóloga del Centro de Salud Usach, este fenómeno puede entenderse como parte de una respuesta sostenida frente a un entorno que las personas perciben como cada vez más exigente e incierto.

“Lo que observamos es la respuesta biológica y psicológica de nuestro cerebro al intentar adaptarse a un entorno crecientemente complejo. La exposición constante a la incertidumbre económica, la precarización, los vertiginosos cambios tecnológicos como la inteligencia artificial y las exigencias de la vida moderna activan de manera permanente nuestros sistemas de alerta”, explica.

Según la especialista, cuando esta activación se prolonga en el tiempo, el organismo permanece expuesto a las hormonas asociadas al estrés, como el cortisol. “Al sostenerse en el tiempo, este mecanismo de emergencia desgasta nuestras defensas emocionales: disminuye la capacidad de concentración, aumenta la irritabilidad y mantiene a la mente en un estado de hipervigilancia agotador que cuesta apagar”, sostiene.

Puga explica que insomnio, ansiedad, depresión y estrés no funcionan como fenómenos aislados, sino que pueden conformar un círculo en el que cada problema alimenta al siguiente. “El estrés cotidiano genera una sobrecarga que activa la ansiedad, dejando al organismo en un estado de hiperalerta. Esta activación dificulta conciliar el sueño o interrumpe sus fases profundas, impidiendo que el cerebro realice sus procesos nocturnos de reparación y equilibrio químico”, señala.

La falta de descanso, agrega, disminuye posteriormente la capacidad para regular las emociones y enfrentar las exigencias cotidianas, aumentando la vulnerabilidad frente a síntomas depresivos.

“Sin un descanso reparador, disminuye la capacidad de regular las emociones y se reduce la producción de neurotransmisores esenciales para el bienestar, abriendo paso a la depresión. A su vez, el agotamiento depresivo reduce la tolerancia a las exigencias diarias, reiniciando el ciclo”, explica.

SOLEDAD AL ALZA

El otro indicador que vuelve a niveles preocupantes es la soledad percibida. Un 21,9% de los encuestados declara altos niveles de soledad, proporción que iguala las mediciones registradas durante 2021.

Para Puga, el fenómeno debe entenderse más allá de la ausencia física de otras personas. “La soledad no equivale simplemente a la falta de compañía, sino a la percepción de no contar con redes de apoyo significativas”, plantea.

La especialista advierte que la desconexión social sostenida puede tener consecuencias tanto psicológicas como físicas.

“El ser humano es una especie profundamente social que evolucionó para sobrevivir en comunidad; por ello, la desconexión o el aislamiento prolongado son interpretados por el cerebro como una amenaza directa para la supervivencia”, explica.

En ese contexto, agrega, la soledad persistente puede activar mecanismos de estrés y afectar distintos ámbitos de la salud.

“Sentirse solo de manera persistente activa circuitos neurales asociados al dolor físico, desencadenando una respuesta biológica de estrés que altera el sistema inmune, eleva la presión arterial y aumenta significativamente la probabilidad de desarrollar episodios depresivos y deterioro cognitivo”, sostiene.

Así, la especialista plantea que el fenómeno debería ser abordado como un problema de salud pública, especialmente en una sociedad donde la hiperconexión digital no necesariamente se traduce en vínculos significativos.

“En la sociedad actual, donde la hiperconexión digital convive con una creciente fragilidad de los vínculos afectivos presenciales, la soledad se consolida como un problema de salud pública prioritario”, afirma.

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