La música es un lenguaje universal que, desde épocas remotas, ha servido para expresar emociones, contar historias y comunicarse. En ese proceso, los escenarios donde se presentan los artistas cumplen un papel fundamental en la difusión de su arte y en la construcción de escenas culturales vinculadas a determinados territorios.
A lo largo de la historia, algunos de estos sitios han trascendido su función como escenarios para convertirse en verdaderos epicentros musicales, capaces de marcar una época y permanecer en el recuerdo colectivo. Es lo que ocurrió con el CBGB en Nueva York o The Cavern en Liverpool.
Santiago también ha tenido espacios estrechamente ligados a distintos momentos y expresiones de su historia musical, entre los que se pueden mencionar están la Peña de los Parra, el Café del Cerro, el Anfiteatro de San Miguel, el Tomm Pub, la discote Laberinto y La Batuta. En los últimos años, diversas voces han comenzado a sumar a esa lista al Centro Cultural Rojas Magallanes, ubicado en la comuna de La Florida y convertido en un referente especialmente para la escena indie.
Este espacio partió en 2008 cuando un grupo de vecinos se propuso darle vitalidad una sede vecinal que estaba subutilizada y sin una dirigencia vigente. En el espacio donde jugaban a “la pelota”, vieron que tenía potencial para hacer diversas actividades relacionadas al arte.
“Observábamos que había una falta de articulación y de tejido social. Entendíamos que era una buena forma de reutilizar el espacio (sede) y de volver a articular vecinos en torno a él. Había una idea de fomentar la participación a través de la cultura. Ahí nació la idea de formar un centro cultural”, recuerda Rodrigo Sandoval, director ejecutivo de Rojas Magallanes.
Además, agrega, “sentíamos que había una falta de espacios en la comuna y que muchas cosas estaban más cercanas al centro de Santiago. El desarrollo cultural en los barrios más periféricos era complejo”.
Por esos días, varios de quienes posteriormente dieron vida al proyecto se reunían en las casas de sus padres o directamente en la calle. Entre ellos había músicos aficionados, personas interesadas en la literatura y jóvenes vinculados a distintas expresiones artísticas.

Fuente: The Clinic
Ya en funcionamiento, Rojas Magallanes comenzó a desarrollar talleres de teatro, circo y habilitó una sala de ensayo que respondía también a las necesidades de quienes habían impulsado el proyecto y la música comenzó paulatinamente a ocupar un lugar importante. Inicialmente se realizaron tocatas con bandas de amigos, grupos tributo y conjuntos de diferentes estilos. Con el tiempo comenzaron a llegar proyectos emergentes que buscaban escenarios donde presentarse.
Alrededor de 2012 se produjo un cambio importante. Comenzaron a organizarse ciclos de música emergente y aparecieron bandas y colectivos que encontraron en el recinto un lugar donde desarrollar sus propuestas.
“Se fue formando una familia en torno al fomento de la música, entre bandas, sellos y productores. Como nosotros éramos uno de los pocos espacios que entregaba facilidades para gestionar actividades, Rojas Magallanes comenzó a transformarse en un lugar habitual para ellos”, comenta Sandoval.
Una de las características que todavía distingue al espacio de La Florida son los precios accesibles de algunas de sus actividades. Incluso actualmente es posible encontrar conciertos con entradas a mil pesos. Actualmente las condiciones son diferentes y el valor de cada entrada depende también de quienes organizan cada presentación.
A juicio de Sandoval, detrás de esas iniciativas todavía permanece parte el espíritu con el que nació el proyecto. “Hay algo que se transmite desde Rojas y que hace que nos busquen para ese tipo de propuestas. Difícilmente van a hacer una tocata a luca o gratuita en espacios más grandes y consolidados, que también son más caros. Nosotros hemos ido mejorando técnicamente, pero mantenemos esa lógica de facilitar las cosas”, afirma.
No obstante, advierte que el objetivo tampoco es perpetuar la gratuidad del trabajo artístico. Por el contrario, parte del aprendizaje ha consistido en comprender que músicos y gestores necesitan recibir una retribución. Actualmente, “la escena está bastante más sana: hay público que va a las tocatas, los músicos pueden recibir algo de dinero, se venden discos y vinilos. Pero todavía es insuficiente para sostener la vida de un artista”, advierte.
MÚSICA, ESPACIO Y COMUNIDAD
El académico de la Escuela de Psicología Usach, Sergio González, señala que los lugares significativos para las comunidades y los hitos urbanos son una construcción social que se actualiza cuando existe una necesidad o un requerimiento. Cuando una inquietud o una expectativa no ha sido satisfecha, las comunidades buscan lugares donde generar identidad, compartir y construir una agenda colectiva.
“La demanda, la inquietud y la expectativa estaban. Lo que ocurrió fue que se encontró un lugar donde esa comunidad de intereses, en este caso musicales, pudo concretarse”, dice sobre Rojas Magallanes para explicar el punto.
Una segunda arista, agrega, tiene que ver con el valor simbólico que adquiere ese espacio a partir de los argumentos que emergen desde los propios colectivos. "Son audiencias que le asignan un contenido cultural al espacio. Ese contenido es resultado de la acción colectiva de un grupo que estaba buscando un lugar donde encontrarse”, comenta el psicólogo.

Fuente: The Clinic
Otra mirada sobre cómo un espacio se transforma en un lugar significativo, se relaciona con la experiencia musical que se vive donde se presentan las bandas. El director del Doctorado en Artes y Humanidades del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA-Usach), Felipe Cussen, señala que la música es un “hecho acústico”, por ello, no depende únicamente del agente emisor —el músico, por ejemplo—, sino también de las condiciones en que ese sonido se produce. En el caso de los instrumentos que utilizan electricidad, influyen los sistemas de amplificación, pero también la manera en que el sonido resuena en un espacio específico.
Esto permite “entender”, añade el también investigador del IDEA-Usach, que, “en determinados momentos, se produce una especie de cruce o coincidencia entre un estilo musical, una comunidad que se identifica con él y un contexto social, político y cultural que facilita ese encuentro”, y que se “se van cargando con la energía de las personas que los habitan”, explica.
Por lo tanto, no se puede pensar “la música de manera aislada, sin pensar también en los lugares donde se produce”, asegura y remarca que “el vínculo entre música, espacio y comunidad es fundamental para comprender por qué determinados recintos terminan trascendiendo y formando parte de la memoria de una escena musical”.
UN ESCENARIO QUE TRASCENDIO EN EL TIEMPO
Para muchos Rojas Magallanes es considerado un epicentro de la música indie, a pesar que Rodrigo Sandoval señaló a La Tercera que el recinto floridano “es una pieza más de un ecosistema mucho más grande que nosotros”. Pero al igual que el centro cultural, en el derrotero armónico de nuestro país han existido lugares que nacieron de una necesidad y son reconocidos como pilares en la escena musical chilena. Muchos dejaron de funcionar, pero marcaron una época y continúan en el recuerdo colectivo. La Peña de los Parra fue el pilar de la música folclórica en los sesenta y setenta; el Anfiteatro de San Miguel se convirtió en el templo del hard rock ochentero; la discoteca Laberinto en Vicuña Mackenna para diferentes estilos, el Cimarrón en Irrarázabal para el punk de los noventa; el Galpón Víctor Jara para la nueva cumbia chilena en la primera década del siglo; entre otros.
A juicio de Cussen para que un lugar trascienda en el tiempo depende de varios factores. “Algo de azar, pero también cariño e interacción. Cuando hablamos de los locales, además, tenemos que referirnos a las personas que están a cargo de ellos, porque son quienes les entregan una identidad, una impronta y una manera particular de relacionarse con quienes llegan”, dice.
Son esas interacciones las que favorecen el surgimiento de una escena y convierten un lugar en punto de encuentro para personas que coinciden en el gusto por un estilo musical o en una determinada manera de comprender la música.
Uno de los espacios que ha fortalecido su dimensión simbólica, a pesar de cerrar sus puertas hace tres décadas, es el Café del Cerro que para el investigador adquirió “un carácter mítico” con el paso del tiempo.
Ubicado en la calle Ernesto Pinto Lagarrigue #192, esquina con Antonia López de Bello, en pleno barrio Bellavista (actual Club Chocolate), el local se convirtió en un centro de actividades culturales alternativas y de resistencia al régimen de Pinochet. Inaugurado en septiembre de 1982, alcanzó relevancia en el circuito cultural opositor a la dictadura, junto a la revista La Bicicleta, el sello de discos Alerce, y otras instancias de resistencia.
Sus administradores y dueños eran Maggie Kusch y Mario Navarro. En conversación con Diario Usach, el exmánager de artistas del Canto Nuevo y sonidista relata que el Café del Cerro “no funcionaba solamente como una sala de conciertos. Funcionaba de lunes a sábado y, eventualmente, los domingos. Comenzaba a las nueve de la mañana y podía terminar a las dos de la madrugada. Era un tumulto de personas entrando y saliendo del café. Los conciertos empezaban alrededor de las diez de la noche, pero durante el día había talleres, ensayos, teatro, danza y pintura (...) Humberto Duvauchelle tenía su escuela de teatro y, posteriormente, Joan Jara llegó al segundo piso con el Taller de Danza Espiral, al que después se incorporó Patricio Bunster”, recuerda.
Si bien es evocado e identificado con el Canto Nuevo, musicalmente las bandas que se presentaban tenían variados estilos. “En general acogíamos una música alternativa y contestataria que no tenía cabida en los medios de comunicación. Roberto Lecaros realizó grandes temporadas en el café y también estuvieron los hermanos Lecaros. Pasaron Margot Loyola, Gabriela Pizarro y muchos otros artistas. Cuando distintas bandas llegaban desde regiones a Santiago, muchas veces sus primeras actuaciones eran con nosotros”, asegura Mario.

Fuente: Libro Café del Cerro: Miles de voces dirán que no fue en vano
Eduardo Gatti, Schwenke & Nilo, Eduardo Peralta, Santiago del Nuevo Extremo, Hugo Moraga, Felo, Jorge Yáñez, Congreso, Wampara, Óscar Andrade, Gervasio, Isabel Aldunate, Cecilia Echenique, Sol y Lluvia, Congreso y Huara figuraban como invitados frecuentes a su escenario. Mientras que para otros fue un trampolín para sus carreras: Los Prisioneros, La Ley, Fulano, Upa, De Kiruza y Los Tres.
Igualmente se presentaron artistas internacionales. Luis Alberto Spinetta la primera vez que vino a Chile se presentó en el local. También pasaron sus compatriotas Víctor Heredia y Nito Mestre.
Pero el ajetreo diario también requería una organización responsable que les permitiera tener trabajadores contratados, con sueldo y cotizaciones, también que los músicos recibieran pagos por sus actuaciones. “Queríamos que fuera un lugar de trabajo para nosotros, pero también para los artistas. Una actuación en el Café del Cerro significaba un ingreso importante para los músicos”, dice.
A más de treinta años del cierre, Mario dice que le sorprende que el Café “siga apareciendo cuando se habla de los más diversos momentos de la música chilena”, ya que “Sabíamos que era un punto de encuentro importante para la música chilena, pero nunca fuimos realmente conscientes de todo lo que proyectábamos. La dimensión que llegó a tener la hemos ido entendiendo y asimilando con los años”, confiesa.
LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO Y EL TERRITORIO
El Café del Cerro adquirió un significado que trascendía su condición de espacio para la música. Su relevancia también estuvo estrechamente vinculada al contexto histórico en que surgió, el cual está marcado por la dictadura.
“Hoy podría seguir siendo un lugar importante para la música, pero el contexto histórico ya no está. En ese momento no era solamente un lugar donde se hacía música: el Café del Cerro era como un farito, una pequeña lucecita donde la gente podía encontrarse, juntarse con sus iguales, con quienes pensábamos distinto y queríamos otra cosa para el país”, sostiene Mario Navarro.
Para Sergio González comprender esos contextos resulta fundamental para explicar la relevancia que determinados espacios adquieren en distintos momentos. Sin embargo, advierte que actualmente esas condiciones ya no se construyen exclusivamente a escala local o territorial. Internet y las redes sociales han ampliado las fronteras de circulación de la cultura, permitiendo que expresiones musicales específicas establezcan vínculos con comunidades, organizaciones y públicos de distintos países. “Una expresión cultural puede existir en un espacio digital y virtual sin tener necesariamente un domicilio territorial”, explica el académico.
Desde esa perspectiva, una escena musical puede desarrollarse y encontrar audiencias sin contar inicialmente con un espacio físico que la reúna. Lo particular de Rojas Magallanes, plantea González, es que “se encontró un domicilio territorial para una expresión cultural y musical que probablemente ya existía en un espacio virtual”, señala.
Ese arraigo territorial permite comprender por qué Rojas Magallanes continúa definiéndose como un centro cultural estrechamente ligado a su entorno, pese a la notoriedad alcanzada por sus tocatas y su inserción en circuitos musicales que exceden las calles y avenidas de La Florida.
Actualmente, el espacio desarrolla actividades de circo, danza, música y teatro, además de contar con una academia de música y diversos talleres. Esa programación hace que el lugar no funcione únicamente como escenario para bandas, sino también como un punto de encuentro, aprendizaje y participación para quienes viven en el sector. “Tenemos un cuerpo de danza muy importante, con al menos siete profesoras de distintos estilos. También hay una academia de música que desarrolla un trabajo muy interesante. Los chicos están aprendiendo guitarra, pero al mismo tiempo están mirando todo lo que ocurre alrededor”, comenta Rodrigo Sandoval.

Fuente: Edatay
De esta manera, la dimensión territorial convive con la proyección que el espacio ha alcanzado dentro de la escena musical. “Más allá de que se diga que somos un espacio referencial para la circulación de música indie, nosotros no dejamos de ser un espacio territorial. Nos debemos a nuestra comunidad y a nuestros vecinos”, asegura el director ejecutivo de Rojas Magallanes.
Así, mientras las plataformas digitales permiten que las escenas musicales circulen y se articulen a escala global, la experiencia de Rojas Magallanes muestra que el territorio conserva un valor particular. Ofrece un lugar donde esas comunidades pueden encontrarse, reconocerse y construir vínculos que van más allá de la música. “He visto a mi papá y a los adultos mayores del barrio ir a conciertos de bolero, tango o bandas tributo de rock y ver cómo disfrutan. Para mí y para quienes trabajamos en Rojas, eso es más enriquecedor que cualquier otra cosa”, remarca.
EL PÚBLICO TAMBIÉN CONSTRUYE EL ESPACIO
El desarrollo del centro cultural tampoco puede entenderse sin las personas que ha asistido a sus actividades. Muchas de ellas conocieron el recinto cuando todavía contaba con una infraestructura precaria y fueron testigos de las transformaciones que experimentó a medida que aumentaban las tocatas y la convocatoria. “Nosotros hemos crecido con nuestros públicos. Ellos estuvieron cuando prácticamente no había nada y después vieron cómo fuimos arreglando el lugar. Por eso también lo cuidan”, dice Sandoval.
Nicolás Gatica, publicista, ha asistido en varias oportunidades al recinto ubicado a la altura del paradero dieciocho de Vicuña Mackenna. Llegó por primera vez alrededor de 2016, atraído por una escena independiente que comenzaba a tomar fuerza con bandas como Niños del Cerro, Patio Solar, Dolorio y Los Tunantes y El Cómodo Silencio de los que Hablan Poco.
“Cuando empezó a usarse para tocatas, las hacían adentro de la sede y no se escuchaba bien. Con el tiempo la escena fue creciendo y empezaron a ocupar el patio, instalaron un escenario y mejoraron el sonido. Desde ahí cambió mucho la calidad del espacio”, relata.
Gatica pudo observar así una transformación que no solo involucró mejoras en infraestructura y sonido, sino también una mayor capacidad para recibir público. “Mi última experiencia (en agosto pasado) fue súper buena. A pesar de que estaba lleno, había harto espacio y el ambiente era tranquilo. Existe mucha cercanía con los artistas porque circulan por el mismo lugar y, como no es un recinto tan grande, se ve bien desde prácticamente todas partes”, señala.
Ese vínculo entre el público y Rojas Magallanes también se expresa en la forma en que las nuevas generaciones viven los conciertos. Para Rodrigo Sandoval actualmente existe una mayor preocupación por el cuidado colectivo y por mantener condiciones seguras durante las actividades, una responsabilidad que no recae únicamente en quienes administran el recinto.
Esa relación también es reconocida por Simón Campusano, vocalista y guitarrista de Niños del Cerro. A su juicio, el crecimiento de Rojas Magallanes no ha significado abandonar la identidad con la que nació. “La gente sabe que está participando de un espacio construido de manera colectiva (...) Creo que esa es la esencia que ha permitido que el lugar siga avanzando sin perder su carácter barrial”, asegura.
“Hay una conciencia de que se trata de un espacio que pertenece a un barrio y que hay que cuidarlo (...) Existe una preocupación por no generar un impacto excesivo en los vecinos, y creo que eso dice mucho de cómo funciona el lugar”, certifica en su rol de vecino y músico que se ha presentado en varias ocasiones y que los días 9, 10 y 11 se presentará en el local con la banda para revisar sus tres primeros discos.

Fuente: Rockasis
DE LA MANO DE LAS BANDAS
El progeso de Rojas Magallanes también ha ido de la mano de las bandas que han pasado por su escenario. Rodrigo Sandoval recuerda especialmente a grupos como Niños del Cerro y Planeta No, que formaron parte del proyecto en sus comienzos.
Actualmente, por sus escenarios circulan exponentes de la llamada “nueva escena”, con proyectos como Candelabro, Hesse Kassel, TeOdio TeOdio, Cámara Chilena de la Destrucción y Destruyendo Autos, entre otros nombres que han encontrado en el recinto floridano un lugar donde presentarse.
Aunque Rojas Magallanes suele asociarse a la música independiente y al denominado pop de guitarras, su identidad musical por el que es reconocida se fue dando de manera orgánica. Con el tiempo, el equipo desarrolló criterios para definir su programación, considerando tanto las características del recinto como su ubicación en un barrio residencial y priorizando la convivencia con la comunidad.
“Sí, existe una curatoría. Nosotros seleccionamos y hay estilos musicales con los que no nos hemos vinculado. Pero esa línea editorial también tiene que ver con nuestros gustos y la búsqueda de música nueva”, describe Sandoval.
Consultado por momentos importante en la historia de Rojas Magallanes, evita reducirlos a conciertos específicos o cifras de asistencia. Para él, los hitos están relacionados principalmente con los vínculos que se han construido alrededor de la música. “Eso es lo que finalmente nos llena y nos motiva a seguir trabajando”, afirma.
Igualmente una presentación de la banda Niños del Cerro marcó un antes y un después. La actividad obligó al equipo a ampliar considerablemente la capacidad que utilizaba hasta entonces. El concierto originalmente se realizaría en otro recinto, pero debió trasladarse a Rojas Magallanes. Había alrededor de 1.500 personas inscritas, una convocatoria muy superior a la que acostumbraban manejar.
Para Sandoval, sin embargo, el significado de esa jornada trascendió al número de asistentes. “Lo importante también era estar haciendo algo con Niños del Cerro, una banda que se identifica mucho con La Florida y con nosotros. De alguna manera hemos crecido juntos y hemos visto los logros de cada uno”, puntualiza y concluye.
Una característica que adquiere especial valor en tiempos en que una escena musical puede nacer y desarrollarse a través de una pantalla. Frente a esa realidad, Rojas Magallanes ofrece algo mucho más sencillo: un lugar donde encontrarse y escuchar música.
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