Nuevamente, la comunidad científica entró en alerta por los crecientes niveles de contaminación en el planeta, y específicamente, en la Antártica. Esta vez, las alarmas se encendieron por el hallazgo de la presencia de microplásticos en diez playas de la isla Decepción del continente blanco.
En un informe llamado “Marine Pollution Bulletin”, un grupo de investigadores de la Universidad de Cádiz (España) señaló que las concentraciones de este material fluctuaron entre 2 y 31 partículas aproximadamente por kilógramo de arena.
¿Por qué esos microplásticos llegaron un territorio tan lejano y considerado por muchos como prácticamente impoluto? “Estos contaminantes llegan a todas partes por factores de mecanismos ambientales combinados. Su naturaleza química hace que no se descompongan sino más bien se fragmenten, cosa que los hace altamente móviles”, señala a Diario Usach Cristina Villamar, doctora en Ciencias Ambientales, experta en residuos y académica e investigadora de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Santiago de Chile.
La especialista explica que las aguas residuales son las principales fuentes de descarga de los microplásticos. “Además, este material suele ser el soporte de toxinas y microorganismos patógenos, por lo que son fácilmente transportables a través del líquido o del aire”.

Técnicamente, los microplásticos corresponden a polímeros sintéticos de menos de 5 milímetros que se pueden clasificar en primarios (los que se fabrican de ese tamaño para un uso específico (por ejemplo, en pastas dentales, esferas exfoliantes de cremas, etc.) y en secundarios (aquellos que provienen de la fragmentación del plástico de mayor tamaño y que se han visto expuestos a cambios de temperatura, el oleaje y la radiación solar).
UN PELIGRO INVISIBLE
Debido a su tamaño minúsculo, Cristina Villamar aseguró que “son un peligro global por ser, muchas veces, del tamaño de un cabello humano. A su vez, su no degradabilidad los hace altamente bioacumulables. Esta última condición es compleja porque los efectos en la salud no son inmediatos”.
En esta misma línea, Jaime Pizarro, doctor en Química y académico de la Facultad de Química y Biología Usach, sostiene que “estos los polímeros representan un peligro real, no solo para el medioambiente, sino que también a la salud humana y aún se investiga el alcance de estos daños. En la naturaleza contaminan los ecosistemas, son ingeridos por la fauna causando daño físico y en las personas, y estudios recientes han mostrado, incluso, alteraciones hormonales”.
Pizarro manifiesta que “los microplásticos representan un riesgo importante para la cadena alimenticia porque pueden favorecer procesos de bioacumulación y biomagnificación de contaminantes”.
El doctor expresa que “ciertas sustancias tóxicas pueden concentrarse progresivamente a medida que se asciende en los niveles tróficos, desde organismos microscópicos hasta grandes depredadores y seres humanos”, y complementa subrayando que dichas partículas de polímeros “pueden absorber contaminantes presentes en el ambiente (como pesticidas, metales pesados y compuestos orgánicos persistentes). Y cuando son ingeridos por peces, u otros animales, parte de esas sustancias pueden transferirse y acumularse en sus tejidos, facilitando su paso a niveles superiores de la cadena alimenticia”.

Cristina Villamar coincide con esa explicación y, por lo mismo, sostiene que el traspaso de los microplásticos puede producirse de peces a humanos (lo que se entiende como cadena trófica). “El otro efecto es el de esponja. Por sus propiedades fisicoquímicas absorben otros contaminantes, transportándolos y disponiéndolos al ser humano y la biota”.
LA REGULACIÓN EN CHILE
La académica de la Universidad de Santiago de Chile explica que “la Ley 21.368, que regula la entrega de plásticos de un solo uso y las botellas plásticas, aborda en forma indirecta la generación de microplásticos secundarios”. A eso se suma la Ley 20.820 (o Ley Rep), norma que obliga a la recolección y reciclaje de productos de embalaje “lo que también disminuye la descarga de plástico a entornos naturales que podrían transformarlo en microplástico secundario. Y, finalmente, Villamar destaca la existencia de la Ley 21.100 sobre la prohibición de uso de bolsas “que también va en el mismo camino”.
Pese a la presencia de aquellas normas, la especialista indica la “falta regulación directa que incorpore parámetros de medición de microplásticos en agua y alimentos”.
“Otra medida directa debiese apuntar a la prohibición de microplástico primario en productos cosméticos o de aseo personal. Generar una red de monitoreo en nuestras cuencas, con apoyo de las universidades y que permitiera asegurar la visibilidad de estos polímeros en componentes ambientales como el agua y el aire. Y que esto nos permita generar una normativa”.
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