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Patrimonio del sabor santiaguino: La dulce historia de los huevos de Pascua de la chocolatería “Dos Castillos”

Fundada en 1939 por un matrimonio alemán, la histórica chocolatería del centro de Santiago fue pionera en masificar este sabroso producto en Chile, tradición que hoy sigue viva bajo la conducción de Claudio Burg, hijo de los fundadores.

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  • Fabián Escobar

  • Jueves 26 de marzo de 2026 - 12:34

En el corazón del centro de Santiago, entre vitrinas antiguas y pasillos que resisten el paso del tiempo, se alza un local donde el chocolate no solo se vende, también se hereda como tradición familiar de generación en generación. La chocolatería Dos Castillos lleva más de ocho décadas haciendo exactamente eso: convirtiendo una tradición europea en un ritual chileno que cada año revive con la misma intensidad.

Todo comenzó en 1939, cuando el matrimonio alemán de Edith y Fritz Burg llegó al país con una receta, una costumbre y una idea simple: hacer chocolate como se hacía en su casa. Como no tenían refrigerador para mantener el producto, cocinaban de noche y vendían de día. Fue así como empezaron a moldear no solo bombones, sino también una tradición que Chile aún no conocía del todo: los huevitos de Pascua.

El nombre del negocio nació como un gesto de homenaje a la familia. “Burg”, en alemán, significa castillo. El logo, que por décadas mostró esa unión, fue la primera señal de que este no sería un negocio cualquiera, sino una extensión de la vida familiar.

En 1948, cuando el centro de Santiago crecía y se modernizaba, Dos Castillos encontró su lugar definitivo en la Galería Agustín Edwards. Desde entonces, no se ha movido. La fachada se mantiene casi como al inicio del proyecto, como si el tiempo no transcurriera por el local. Tras la vitrina, los bombones siguen ordenados con la misma lógica de antaño: coloridos, variados, tentadores y sabrosos.

SABROSA TRADICIÓN

Pero si hay un producto que marcó la historia de la chocolatería son los huevitos de chocolate. Antes de que la industria los masificara, antes de que los supermercados los apilaran por toneladas, y con el valor elevado por la demanda, Dos Castillos ya los ofrecía como parte de una tradición importada desde Europa.

“Cuando llegaron mis padres de Alemania, crearon esta celebración”, recuerda a Diario Usach Claudio Burg, hoy dueño del local y heredero directo de esa historia. A sus 84 años, el hombre sigue atendiendo detrás del mostrador con una mezcla de seriedad y cordialidad que lo transformaron en uno de los personajes icónicos del centro de la capital.

Para Claudio Burg la Pascua no es solo una fecha comercial, sino un puente cultural. “En Alemania esta fiesta se llama Ostern, y tiene relación con la diosa Ostara. Aquí tiene otro significado, más bien de resurrección, pero igual se mantiene la tradición del conejo y los huevitos”, sostiene don Claudio a Diario Usach.

El cruce de identidades y tradiciones entre Europa y Sudamérica fue lo que permitió que los huevitos de chocolate se instalaran en la memoria chilena. Y Dos Castillos fue uno de los primeros lugares donde eso ocurrió.

“Nuestra línea es muy diferente a las grandes empresas. Ellos trabajan en volúmenes, nosotros hacemos mejor calidad, más variedad, con distintos rellenos: mazapán, trufa, chocolate de leche, blanco”, explica don Claudio. Y luego agrega, casi como una declaración de principios: “Trabajamos con chocolate cien por ciento hecho con manteca de cacao. Hoy hay muchas líneas que usan manteca vegetal, de inferior calidad”.

La diferencia, asegura el maestro del chocolate, se nota. Y sus clientes también lo saben. Por eso vuelven. En fechas como Semana Santa, la escena se repite año tras año: abuelos que llegan con sus nietos, padres que regresan con sus hijos al mismo lugar donde alguna vez recibieron su primer huevito. La memoria, en este caso, tiene sabor a cacao.

“Ellos de chicos reciben un huevito y les queda eso en la mente. Después vuelven. Ya no como niños, sino como papás… y ahora con nietos”, cuenta.

Esa continuidad generacional ha sido clave para la supervivencia del negocio, incluso en momentos difíciles. Durante la pandemia, cuando el centro de Santiago se vació, Dos Castillos siguió vendiendo. “Cajas y cajas de bombones”, como si el chocolate fuera, más que un lujo, una necesidad emocional.

Sin embargo, no todo es permanencia. También hay una sombra que se proyecta hacia el futuro. Don Claudio no tiene un heredero directo que continúe el negocio. Sus dos hijas viven fuera del país. Y aunque la tradición sigue viva en cada producto, su continuidad está en duda.

“Voy a llegar hasta donde más pueda”, dice, dejando la frase en suspenso. Luego lo confirma sin rodeos: “El negocio se va conmigo”.

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