Para miles de personas cuidadoras, la palabra vacaciones no describe un momento de placer y descanso planificado, sino un lujo inalcanzable. Nuevos datos revelan cómo el cuidado de largo plazo (prolongado, cotidiano y sin reemplazo) limita profundamente la posibilidad de descanso, afectando la salud física, mental y emocional de quienes sostienen silenciosamente los sistemas familiares y comunitarios.
Ello se ve plasmado en el estudio realizado por AIEP a través de sus direcciones de Vinculación con el Medio y de Análisis Institucional, que tuvo como objetivo central evaluar la experiencia integral de los cuidadores participantes del programa “Cuidando Juntos”, con énfasis en dos dimensiones centrales: la caracterización de su situación actual de cuidado y la medición del impacto que la capacitación ha tenido en su rol, bienestar y competencias.
Un 32,7% de las personas cuidadoras declara que descansa “casi nunca”, un indicador que muestra una vida donde la pausa está prácticamente excluida de la rutina. A esto se suma un 13% que solo consigue descansar una o dos veces al mes, reflejando un patrón episódico e insuficiente de recuperación.
Al respecto Nicolás Gagliardi, director nacional de Vinculación con el Medio, expone que “dicho antecedente se acentúa al observar la recarga y responsabilidad que gran parte de las personas cuidadoras asume, que es sin ningún tipo de pausa, como diríamos de forma coloquial veinticuatro siete”.
Y el número es decidor, apareciendo la sobrecarga del cuidado con claridad: un 58,3% de las personas encuestadas señala cuidar los siete días de la semana, con jornadas que superan las siete horas diarias. Esta intensidad sitúa a las cuidadoras y cuidadores en una exposición continua a tensiones operativas, un factor ampliamente identificado como uno de los principales predictores de deterioro del bienestar psicológico.
El 65,6% de las personas cuidadoras afirma que no puede ausentarse por más de dos días, principalmente por la falta de alguien que pueda reemplazar las labores de cuidado, ya sea de forma remunerada o no remunerada. Esta ausencia de relevo transforma el cuidado en una responsabilidad permanente, sin márgenes reales para el descanso prolongado.
DESCONECTAR SIN DESCONECTARSE
Incluso quienes logran tomarse vacaciones enfrentan barreras para un descanso pleno. Entre las personas cuidadoras que pueden ausentarse una semana o más, el 46,4% reconoce que disfruta las vacaciones, pero permanece en alerta frente al teléfono o ante lo que pueda ocurrir en el hogar de la persona cuidada.
Esta forma de desconexión parcial se expresa en experiencias de culpa, ansiedad anticipatoria y en la sensación persistente de que “algo podría pasar” durante su ausencia. Aun cuando existen instancias de apoyo o respiro, muchas personas cuidadoras no logran aprovechar plenamente esos espacios, ya sea por falta de acompañamiento, planificación o por la carga emocional acumulada.
“La mayoría de las personas cuidadoras no cuenta con mecanismos regulares de descanso ni con redes que permitan suplir su ausencia temporal. El resultado es una vida donde el cuidado se convierte en una tarea sin pausas, generando impactos acumulativos que afectan tanto a quienes cuidan como a la calidad y sostenibilidad del propio acto de cuidar, por eso la promulgación de la Ley Chile Cuida que incluye el derecho a cuidar, a ser cuidado y al autocuidado es un avance”, explica Gagliardi.
La política crea el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados (SNAC), modelo de gestión y coordinación intersectorial que articula instituciones, conectando al Estado con las familias, comunidades y privados.
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