Los casos de anorexia y bulimia nerviosa aumentaron un 71% entre 1990 y 2023, alcanzando a 18,1 millones de personas en todo el mundo. Así lo confiorma un estudio publicado en la revista científica JAMA Psychiatry el que advierte que cerca del 70% de los casos corresponde a mujeres y que más del 40% afecta a personas de entre 10 y 24 años.
Para comprender los factores que inciden en el desarrollo de estos trastornos y los desafíos de su abordaje, Francisca Jaque, del Departamento de Psicología de la Universidad de Santiago de Chile, destaca la importancia de la detección temprana y de una atención especializada.
Para la especialista este escenario constituye “un desafío relevante para la salud mental pública”, particularmente por la concentración de casos en adolescentes y adultos jóvenes, las posibles consecuencias físicas y psicológicas y las dificultades que pueden presentarse para acceder oportunamente a tratamiento especializado.
FACTORES PSICOLÓGICOS, SOCIALES Y CULTURALES
La anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa son trastornos de la conducta alimentaria que requieren evaluación y atención profesional. La anorexia se caracteriza por una restricción persistente de la alimentación asociada al temor a ganar peso y a una alteración en la percepción o valoración del propio cuerpo. La bulimia comprende episodios recurrentes de atracones seguidos de conductas compensatorias, como vómitos autoinducidos o el uso indebido de laxantes.
La profesional explica que estos trastornos no pueden atribuirse a una única causa ni reducirse a una preocupación por la apariencia física. “La evidencia científica permite comprender los trastornos de la conducta alimentaria desde una perspectiva multifactorial, en la que interactúan vulnerabilidades individuales, procesos emocionales, experiencias interpersonales y condiciones socioculturales”, señala.
Entre los procesos psicológicos estudiados se encuentra la insatisfacción corporal, entendida como una evaluación negativa del propio cuerpo o como la percepción de una distancia entre la apariencia personal y determinados ideales físicos. Esta experiencia puede adquirir mayor relevancia cuando la autoestima depende excesivamente del peso, la figura o el cumplimiento de estándares corporales.
Francisca Jaque advierte que, si bien estos factores pueden relacionarse con los TCA, no corresponde atribuir el aumento mundial de casos a causas específicas, como las redes sociales, los cambios familiares o las presiones estéticas, ya que el diseño del estudio no permite establecer esas relaciones.
Asimismo, la especialista subraya la importancia de distinguir entre insatisfacción corporal, alimentación desordenada, riesgo de desarrollar un TCA y un diagnóstico clínico de anorexia o bulimia. Aunque estos fenómenos pueden relacionarse, no son equivalentes y requieren diferentes formas de evaluación.

ADOLESCENTES Y JÓVENES
El estudio muestra que el 41,2% de los casos se concentra en personas de entre 10 y 24 años. Para Jaque, esta distribución debe comprenderse considerando los cambios corporales, psicológicos y sociales que ocurren durante la adolescencia y la adultez emergente.
“Durante la pubertad se producen cambios físicos que pueden modificar de manera significativa la percepción del propio cuerpo. Paralelamente, se desarrollan procesos de construcción de identidad, autonomía y pertenencia social”, explica.
En estas etapas también adquieren mayor importancia las relaciones con los pares y las experiencias de aceptación o rechazo. La psicologa señala que situaciones como las burlas relacionadas con el peso, la estigmatización corporal, la autoexigencia intensa y las dificultades emocionales pueden generar condiciones de vulnerabilidad cuando interactúan con otros factores.
Respecto de las diferencias entre mujeres y hombres, Jaque plantea que deben considerarse tanto procesos biológicos como experiencias de socialización de género. Históricamente, las mujeres han estado más expuestas a presiones relacionadas con la delgadez y la apariencia física, transmitidas a través de la publicidad, las relaciones con pares, los entornos familiares y los espacios digitales.
DETECCIÓN TEMPRANA
Según los especialistas, la detección tardía de los trastornos alimentarios puede prolongar el sufrimiento psicológico y retrasar la atención de complicaciones médicas potencialmente graves.
En la anorexia nerviosa, la restricción alimentaria sostenida puede provocar desnutrición, alteraciones cardiovasculares, cambios hormonales y problemas de salud ósea. En la bulimia nerviosa, los episodios recurrentes de atracones y las conductas compensatorias pueden ocasionar alteraciones electrolíticas, problemas gastrointestinales y complicaciones cardiovasculares.
Jaque advierte que la gravedad de estos trastornos no siempre puede determinarse por la apariencia física. “Existen personas que presentan restricciones alimentarias significativas, conductas compensatorias o complicaciones médicas relevantes sin mostrar un peso corporal extremadamente bajo”, señala.
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