La política chilena nunca ha estado exenta de episodios dramáticos, coincidencias e inestabilidades que han transformado para siempre su historia. Un ejemplo de aquello es el 11 de septiembre de 1924.
Como si de una advertencia para el futuro se tratara, miembros del Ejército establecieron una Junta Militar, clausuraron el Congreso y tomaron el control del poder, tras la renuncia y salida al exilio del presidente Arturo Alessandri Palma.
El golpe clausuró más de treinta años de régimen parlamentario y abrió la puerta al retorno de un presidencialismo fuerte, consagrado al año siguiente con la Constitución de 1925. Sin embargo, el derrumbe institucional no ocurrió de la noche a la mañana, sino que fue el resultado de un largo desgaste.
"Lo primero que hay que comprender es que el sistema parlamentario venía dando señales de agotamiento desde antes de 1920. De hecho, la crisis del centenario en 1910 ya mostraba una profunda crítica al régimen por su incapacidad para responder a los desafíos del siglo XX", explica para Diario Usach, Nicolás Molina, académico de la Facultad de Derecho de la Usach. Para el especialista, lo ocurrido en septiembre de 1924 fue la culminación de un desgaste institucional iniciado al menos quince años antes.
Frente al diagnóstico habitual sobre el desinterés de los parlamentarios hacia las demandas ciudadanas, Molina advierte que el fenómeno es más complejo: "El Congreso no era homogéneo. Dentro de su diversidad, existían parlamentarios de todo el espectro que abogaban por leyes laborales y sociales. La crisis de 1924 no se explica únicamente por esa desconexión, sino por una confluencia de factores mucho más amplia".
Entre estos elementos, el académico apunta al impacto internacional tras el término de la Primera Guerra Mundial en 1918, el avance de nuevos paradigmas como el socialismo y la presión de sectores marginados del poder político tradicional: "Aparecieron actores que exigieron ser escuchados en un contexto reservado a las élites, como el proletariado, la clase media y, por supuesto, los propios militares, quienes en su mayoría pertenecían a esos sectores medios emergentes".
EL RUIDO DE SABLES
El 3 de septiembre de 1924, un grupo de oficiales jóvenes del Ejército copó las tribunas del Congreso e hizo sonar sus sables contra el mármol mientras los senadores votaban la dieta parlamentaria. Aunque el gesto pasó a la historia como el detonante del golpe, para Morales la raíz del conflicto era mucho más profunda: "¿Las leyes sociales dormían en el Congreso? Sí, pero no más de lo que lo hacen hoy. Los hechos poseen una complejidad mayor que la mera molestia por la dieta. En 1924 el malestar era generalizado debido a dos factores: la crisis económica de la posguerra y el incumplimiento de las promesas electorales de Arturo Alessandri".
Para el académico, el estilo del “León de Tarapacá” terminó chocando contra los límites del propio régimen: "Alessandri fue un político de corte populista, que basó su candidatura en la enervación de las masas y en promesas. Tal vez nunca dimensionó que las condiciones del sistema parlamentario dificultaban en exceso la concreción de su programa. Ahí estuvo la clave: la acumulación de un malestar hacia el gobierno, pero también hacia el Congreso y su aparente desidia frente a la realidad de la ciudadanía".

En medio de ese descontento transversal, la irrupción de los militares adquirió un carácter inesperado ante la opinión pública. "La aparición de los militares durante la discusión de la dieta parlamentaria no solo contó con bastante apoyo popular, sino que entregó a la gente la idea de que este sector podía enrielar el actuar del gobierno y del Congreso", concluye Molina Morales.
LA JUNTA MILITAR
"El comité militar representa, en un sentido concreto, un Golpe de Estado. Quizás fue menos visible y menos dramático que el de 1973, pero en un Estado de Derecho donde la jefatura de gobierno recae en el Presidente, que un comité militar se siente a su lado es una anomalía por donde se le mire", afirma el académico.
Para el docente de la Usach, el movimiento de los oficiales significó el retorno de los militares a un terreno del cual habían sido desplazados más de tres décadas antes: "Durante el siglo XIX los militares fueron agentes activos de la política nacional, ocupando desde la presidencia hasta ministerios y escaños parlamentarios. La derrota balmacedista en 1891 puso fin a esa gravitación, pero la crisis social y política de 1924 les abrió de par en par nuevamente esas puertas".

Más allá de la contingencia de esos días, Molina sostiene que la formación de esta instancia marcó un quiebre definitivo para el país: "Existió la toma de conciencia de que el uso de la fuerza era una vía de entrada a la esfera de lo político. El comité fue un punto de inflexión en los inicios de un siglo que, tanto en Chile como en Occidente, estuvo marcado por la tensión constante entre el poder militar y el civil".
UNA NUEVA CONSTITUCIÓN
Tras la Guerra Civil de 1891, el régimen parlamentario chileno cimentó su estabilidad en el consenso y la homogeneidad de su clase dirigente. "Muchos afirman que el éxito de esa estabilidad se sustentó en la uniformidad de la élite. La fractura de 1891 fue intraoligárquica, mientras el bajo pueblo solo miró y murió en Concón y Placilla. El miedo a un nuevo conflicto llevó a una élite unida a resolver sus diferencias mediante el diálogo", contextualiza Morales.
Sin embargo, ese esquema excluyente comenzó a agotarse hacia 1910 con la irrupción de nuevos protagonistas. Según explica el docente, "la aparición del proletariado, de una clase media emergente y de sectores militares provenientes de esos mismos estratos obligaron a abrir el espacio público, socavando las bases y la forma de hacer política que hasta entonces le había dado estabilidad al país".
Bajo esa lectura, el golpe militar de septiembre de 1924 funcionó como el síntoma visible de una transformación estructural. "Los hechos de 1924 son la cara visible de un proceso mucho más largo y complejo. En ese escenario, la Constitución de 1925 fue el dispositivo que permitió ajustar el sistema político a una nueva realidad de participación amplia y transversal, marcando el inicio formal de la política de masas en Chile", concluye Molina.
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