La idea de que vapear cannabis implica menos riesgos que fumarlo se ha instalado con fuerza en parte de la ciudadanía. Pero una investigación chilena advierte que esa percepción no necesariamente se traduce en un menor riesgo de trastorno por consumo de cannabis, especialmente cuando entran en juego la potencia del producto, la frecuencia de uso y el tipo de formato consumido.
El estudio, publicado en la revista International Journal Of Drug Policy y basado en tres encuestas nacionales de SENDA, encontró que quienes vaporizaron cannabis presentaron una mayor probabilidad de cumplir criterios de trastorno por consumo de cannabis que quienes solo fumaron.
Para comprender mejor el alcance e importancia del formato de consumo, Diario Usach conversó con la Dra. en Salud bioconductual de Penn State university e investigadora de la Universidad San Sebastián, Constanza Silva Gallardo, tambien una de las autoras del estudio.
En la muestra agrupada, el 71,9% de quienes usaron vaporizador cumplían criterios del trastorno, frente al 29,8% de quienes solo fumaron. Al ajustar por consumo diario, edad de inicio, sexo, edad y nivel socioeconómico, el grupo que vaporiza tuvo seis veces más probabilidades de presentar al menos un trastorno leve.
“No obstante, el trastorno por consumo de cannabis no funciona así, ya que hay que recordar que los canabinoides actúan a nivel del sistema nervioso central. Por ende, depende de cuánto THC entra al cuerpo, con qué frecuencia y en qué contexto, no sólo de si hubo o no combustión al consumirlo”.
“La percepción de seguridad viene casi toda de respecto a cómo el consumo puede o no dañar el sistema respiratorio. Como el vaporizador no quema la planta, se asume que disminuye o evita el daño respiratorio, y de ahí se concluye que todo el consumo es menos riesgoso”, explica Silva Gallardo.

La investigadora subraya que el hallazgo no debe leerse como una relación causal. “No sostenemos que el formato, por sí mismo, produzca el trastorno”, precisa. “Lo que probablemente pesa son los patrones de consumo que cada formato facilita y el THC total acumulado. Y, como los datos son de corte transversal, tampoco podemos descartar que algunas personas con problemas previos hayan migrado al vaporizador en busca de más potencia”.
Uno de los puntos más llamativos del trabajo es que el vaporizador fue el único formato con mayor riesgo en los tres umbrales analizados: 6,2 veces para trastorno leve, 3,7 para moderado o más y 4,6 para severo. Además, esa asociación se mantuvo estable en las tres encuestas de SENDA revisadas, lo que para los autores descarta que se trate de un resultado puntual de un solo año.
La explicación, dice Silva Gallardo, apunta tanto al producto como a la forma de uso. “Muchos de estos dispositivos se usan con concentrados, y un estudio de 25 muestras incautadas en Chile encontró un promedio de 85% de THC en los aceites, cuando la flor seca ronda el 20%”, señala.
“La segunda es la forma de usarlo: es discreto, portátil y produce una caída más rápida del efecto subjetivo, lo que impulsa a repetir para sostener la sensación buscada; es decir, a vaporizar de manera más frecuente y sostenida”, agrega.
El estudio también revela un problema estructural: la falta de regulación y etiquetado en el mercado ilegal. “En un mercado ilegal nadie controla cuánto THC contiene el producto, si eso está informado y cómo fue elaborado”, advierte la investigadora. “El usuario chileno no tiene manera de saber qué está consumiendo, sobre todo cuando hablamos de concentrados”, acota.
Esa opacidad también aparece en el caso de los comestibles. Aunque en países con regulación existen límites de dosis por porción, en Chile la mayor parte de estos productos es casera o ilícita. “Quien muerde un queque sin saber si trae 5 o 100 mg no está tomando una decisión informada”, plantea Silva Gallardo. A eso se suman los adulterantes, las malas prácticas de preparación y el riesgo de intoxicación accidental en adolescentes, niños o personas sin experiencia.
Para la autora, una de las principales limitaciones del estudio es que las encuestas disponibles no preguntan qué se vaporiza. “No podemos separar a quien usa hierba seca de quien usa concentrado, y esa distinción probablemente explica buena parte del resultado”, afirma. Por eso, sostiene que la prevención y la política pública deben dejar de hablar de “la marihuana” como si fuera una sola cosa.
“Un pito de flor seca y un cartucho de 85% no son el mismo consumo ni implican el mismo riesgo”, concluye. “La prevención en Chile sigue construida sobre el primero”.
A su juicio, hace falta incorporar la dosis al mensaje público, mejorar la medición del consumo por formato y potenciar controles sobre fabricación, etiquetado y potencia, además de enfocar la prevención en los grupos donde el problema se concentra con más fuerza: especialmente entre los 18 y 34 años.
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