El quiebre de una relación sentimental suele marcar un punto de inflexión profundo. No solo se termina un proyecto compartido, sino también una forma de habitar lo cotidiano, de imaginar el futuro y de reconocerse en el otro. El proceso que sigue a la separación rara vez es simple: se entrecruzan el duelo, la incertidumbre y la necesidad de redefinir los límites emocionales.
Sin embargo, en medio de ese tránsito complejo y muchas veces doloroso, algunas personas optan por un camino que desafía el sentido común del distanciamiento definitivo: transformar el vínculo amoroso en una relación de amistad, aun cuando las emociones no siempre se reordenan al mismo ritmo que la decisión racional.
Por lo mismo, cabe preguntarse, ¿es posible mantener una amistad con una expareja luego del término de una relación sentimental? La respuesta, según la psicóloga clínica y académica de la Escuela de Psicología de la Universidad Mayor, sede Temuco, Paola Mandujano Bahamonde, no es categórica. Más bien, depende de múltiples factores vinculados a la historia de la relación, la forma en que se produjo la separación y las dinámicas emocionales que se establecen antes y después del quiebre.
De acuerdo con la especialista, sostener una amistad con una expareja no es imposible, pero tampoco constituye una obligación. “Todo depende del contexto particular y del sentido que tenga para cada una de las personas involucradas”, explica. En ese marco, la experta enfatiza que no existe una fórmula universal y que cada vínculo debe ser evaluado desde su propia complejidad.
Respecto a si esta práctica es saludable o perjudicial, la psicóloga sostiene que no se puede clasificar de manera absoluta. Intentar mantener una relación amistosa tras una ruptura puede responder a necesidades subjetivas o creencias personales que resultan significativas para quienes toman esa decisión.
“Podría resultar perjudicial si esto es forzado por expectativas sociales o mandatos personales en los que se hace difícil establecer límites a los distintos espacios relacionales o cuando determinado tipo de vínculo pone en riesgo la salud mental de, al menos, uno de los integrantes de la pareja y/o de los hijos en caso de existir”, comentó.
Para que una amistad posterior a la separación sea sana, Paola Mandujano señala que deben darse ciertas condiciones emocionales básicas. Entre ellas, que ambas personas reconozcan que el vínculo íntimo ha cambiado, que no existan expectativas de compromiso sexoafectivo, que se respete la posibilidad de iniciar nuevas relaciones de pareja y que la comunicación sea clara, directa y con límites bien definidos.
“Es relevante comprender que el mundo de las parejas es diverso y que cada persona adulta puede decidir qué tipos de vínculos quiere mantener y cuáles son los sentidos que estas decisiones tienen para sus proyectos vitales, en respeto al mutuo acuerdo, al consentimiento de los y las involucradas y a honrar la historia que antes les unió”, sentenció.
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