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“He manejado así antes y nunca pasó nada”: Expertos revelan la trampa mental detrás de conducir después de beber

Encuesta Cadem-Aprocor revela que un 58% justifica manejar después de beber por experiencias previas sin consecuencias. Para el académico de la Usach Pedro Lucero, esta conducta puede explicarse por el “sesgo de inmunidad”, que lleva a subestimar los riesgos.

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  • Claudio Cortés Carvajal

  • Miércoles 16 de septiembre de 2026 - 10:51

Según estimaciones del Ministerio de Obras Públicas, entre el 17 y el 20 de septiembre alrededor de 400 mil vehículos dejarán Santiago. Pero junto con la preocupación por el aumento del flujo en las carreteras, durante Fiestas Patrias reaparece un problema que puede transformar las celebraciones en tragedia: conducir después de beber un terremoto, una piscola, vino, ponche o cualquier otra bebida alcohólica.

La Ley Tolerancia Cero, que entró en vigencia en 2012, redujo los límites de alcohol permitidos para conducir. La normativa establece el estado de ebriedad desde los 0,8 gramos de alcohol por litro de sangre y la conducción bajo la influencia del alcohol desde los 0,3 gramos por litro, además de endurecer las sanciones relacionadas con la suspensión de la licencia.

Dos años después entró en vigencia la denominada Ley Emilia, que estableció penas de cárcel efectiva de al menos un año para conductores en estado de ebriedad que causen lesiones gravísimas o la muerte. La normativa también sanciona como delito fugarse del lugar del accidente y negarse injustificadamente a realizar las pruebas para determinar la presencia de alcohol.

En 2025, 24 personas fallecieron en accidentes viales durante Fiestas Patrias. En conversación con La Tercera, el secretario ejecutivo de Conaset, Alberto Escobar, explicó que entre las principales causas de muerte en siniestros de tránsito se encuentran el exceso de velocidad, la imprudencia del peatón y las distracciones al volante. El consumo de alcohol aparece en cuarto lugar. “Pero si tú combinas todo esto, es tremendo”, enfatizó.

Aunque el alcohol no encabeza las causas de los accidentes, continúa siendo un factor relevante, especialmente cuando todavía escuchamos  frases como ‘cura’o manejo mejor’”.

CUANDO CONOCER NO CAMBIA LA CONDUCTA

Una encuesta elaborada por Cadem y la Asociación Pro Consumo Responsable de Bebidas Espirituosas de Chile (Aprocor), que arrojó datos preocupantes de cara a Fiestas Patrias: mientras el 70% identifica al alcohol como el principal factor de riesgo durante las celebraciones, un 21% considera aceptable manejar después de beber en determinadas circunstancias.

Consultados sobre el principal motivo por el cual consumirían bebidas alcohólicas durante estas Fiestas Patrias, el 30% respondió que lo haría para socializar, el 29% para acompañar las comidas y el 22% para pasarlo bien.

La encuesta también indagó en las razones utilizadas para justificar la conducción después de consumir alcohol. Entre ellas aparecen haberlo hecho anteriormente sin consecuencias, mencionada por un 58%, y realizar trayectos cortos, con un 44%.

Para el académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, Dr. Pedro Lucero, estos resultados muestran que “información y conducta no son necesariamente lo mismo”.

Aunque la mayoría conoce los riesgos, complementa, un grupo importante de personas encuentra maneras de relativizarlos al momento de tomar una decisión concreta. “‘He manejado así antes y nunca me ha pasado nada’, ‘es un trayecto corto’ o ‘comí’ o ‘tomé café’ son argumentos que producen una falsa sensación de control”, asegura el médico psiquiatra.

Por ello, sostiene que las cifras demuestran que “la prevención no puede limitarse a informar que alcohol y conducción son peligrosos, porque eso la población ya parece saberlo”.

Una mirada similar tiene el doctor en Farmacología y académico de la Universidad de Santiago de Chile Leonel Rojo Zapata. A su juicio, los resultados preocupan porque “un porcentaje importante de los chilenos normaliza el consumo de alcohol y la conducción”, esta conducta que no solo pone en riesgo a quien maneja, sino también la integridad física y la vida de otras personas. “Esto es algo que la sociedad quizás no ha evaluado”, puntualiza.

A OTROS SÍ, A MÍ NO

Lucero explica que el consumo de alcohol afecta algunas de las funciones cerebrales necesarias para tomar buenas decisiones: disminuye la inhibición, altera el juicio y la capacidad de anticipar consecuencias, y favorece comportamientos más impulsivos.

“Entonces aparece una paradoja: mientras disminuye objetivamente nuestra capacidad para conducir, también puede disminuir nuestra capacidad para reconocer cuánto nos hemos deteriorado”, explica el también jefe del Servicio de Psiquiatría de Adultos del Hospital Clínico San Borja Arriarán.

También, tras beber, disminuye la agudeza visual y auditiva, y reduciendo claramente el campo de visión lateral periférica pues genera en el conductor una sensación de túnel que impide una conducción adecuada.

Por otro lado, el alcohol reduce notablemente la capacidad de atención, produciendo perturbaciones en el campo perceptivo, cansancio, somnolencia o fatiga muscular.

Pero ¿cómo entender que una persona conozca los peligros de conducir después de beber y, pese a ello, decida ponerse al volante?

Una respuesta parcial se encuentra en un sesgo cognitivo conocido como “sesgo de inmunidad” o “ilusión de invulnerabilidad”, los que distorsionan la percepción que tenemos sobre los riesgos y amenazas que enfrentamos, como sufrir una enfermedad grave, perder el trabajo o protagonizar un accidente.

“Sabemos que un determinado riesgo existe, pero tendemos a pensar que es más probable que le ocurra a otra persona que a nosotros mismos. La persona no necesariamente niega que conducir después de beber sea peligroso, construye una excepción consigo misma: ‘Sé que manejar con alcohol es peligroso, pero en mi caso particular puedo hacerlo’”, detalla Lucero.

En ese razonamiento, agrega, intervienen también la ilusión de control y las experiencias anteriores en las que una conducta riesgosa no produjo consecuencias.

“Ahí operan la sensación de invulnerabilidad, la ilusión de control y la normalización de experiencias previas sin consecuencias. Que alguien haya manejado diez veces después de beber y nunca haya tenido un accidente no demuestra que controla el riesgo. Demuestra que tuvo diez exposiciones al riesgo sin que todavía ocurriera el desenlace”, aclara.

A partir de los resultados de la encuesta de Cadem y Aprocor, Lucero sostiene que ahora la dificultad de la prevención ya no estaría dada  solo por explicar los peligros de combinar alcohol y conducción.

El gran desafío preventivo ya no es convencer a las personas de que el alcohol al volante es peligroso”, porque esa información, afirma, “parece estar bastante instalada. El desafío es romper la idea de que el peligro siempre es para otro”, remarca y concluye.

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