En un contexto marcado por el pesimismo social, la inseguridad y el desencanto político, la ficción emerge como una herramienta para imaginar futuros alternativos y cuestionar los discursos que presentan la crisis como un destino inevitable.
En Chile, el escenario de desesperanza va en aumento, tal como lo señaló CADEM en julio de este año. Un 58% de la población mira el futuro de Chile con pesimismo, mientras que un 51% de encuestados prevé un empeoramiento de la delincuencia en los próximos seis meses y un 50% anticipa un escenario político cada vez más complejo.
En este contexto, surge una pregunta: ¿puede la ficción y la lectura ayudarnos a recuperar la capacidad de pensar futuros distintos? “La ficción no es para nada un consuelo, ni una llave maestra o una solución milagrosa, sino una herramienta que nos ayuda a articular un deseo común de transformación. En un mundo con sobrepoblación de imágenes y de producción cultural, aún faltan aquellas representaciones que nos permitan pensar otro mundo posible”, aseguró para Diario Usach Cynthia Shuffer, académica del Instituto de Estudios Avanzados Usach.
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, esa es una de las frases clave con las que arranca el libro del teórico Mark Fisher Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. En él, relata cómo culturalmente se nos ha convencido de que el sistema económico imperante es la única herramienta viable para el desarrollo de sociedades modernas, y que otras opciones son peores o imposibles.
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, proponen que cuando el sistema, los partidos políticos tradicionales y el gobierno no logran solucionar los problemas fundamentales como la seguridad, el estancamiento económico y la desigualdad, los ciudadanos desencantados deciden apostar por figuras ajenas al sistema (los llamados outsiders) con rasgos autoritarios, creyendo que la “mano dura” o la transgresión a las instituciones son el único camino para obtener resultados “reales”.
El auge de la extrema derecha en Europa y las Américas son signos claros de un deterioro de nuestra capacidad para pensar mundos posibles más allá de la actualidad o un pasado glorioso, mitificado.
Desde esta base, resulta necesario preguntarse si es que la ficción, más allá de presentarse como una forma de entretenimiento tiene la capacidad de disputar el poder al pasado y permitirnos mirar hacia el futuro con más esperanza.
“La distopía, por sí sola, no alimenta el catastrofismo; la pregunta de fondo radica en quién administra esa catástrofe y para qué intereses busca que esos discursos se impongan. Naomi Klein expuso con lucidez cómo las crisis se han utilizado históricamente para implementar políticas que en circunstancias normales suscitarían rechazo. En Chile lo sabemos bien, ya que la doctrina del shock constituyó el laboratorio de nuestro modelo económico. En ese sentido, el catastrofismo opera como una tecnología de gobierno que podemos rastrear, interpretar e interpelar”, indicó Shuffer, acerca del auge en el interés por las distopías.
De esta manera, los discursos apocalípticos y catastrofistas incentivan políticas con tonos de urgencia que pueden acelerar políticas neoconservadoras, sirviendo como herramientas para los gobiernos de ultraderecha. “Enfatizan la supuesta decadencia de la nación, la amenaza migrante y el peligro que corre la familia tradicional como núcleo que dicen defender. Frente a ese relato del fin del mundo, ofrecen como salida el orden punitivo, la mano dura, los estados de excepción y una serie de recortes en los modos en que veníamos discutiendo el bien común y distribuyendo los recursos”, puntualizó la académica Usach.
LA FICCIÓN Y LA DISTOPIA CRÍTICA
En 2017, tras la elección de Donald Trump las ventas de la novela 1984 se dispararon en un 9.500% en Amazon, cuando la asesora presidencial Kellyanne Conway defendió en televisión los llamados “hechos alternativos”, es decir, versiones que rayaban en lo falso o en la tergiversación de los acontecimientos. “En ese contexto, la gente no buscaba en George Orwell herramientas para saber qué iba a pasar, sino para nombrar aquello que ya estaba ocurriendo”, comentó la académica.
Pintada con spray sobre los muros del centro de Santiago durante los días más álgidos del Estallido Social de 2019, la consigna “1984 está aquí” constituía un diagnóstico sobre la coyuntura del presente, y es que muchas veces las distopías no hablan del futuro, sino que presentan los síntomas de los conflictos de su tiempo.
1984 de Orwell o Cadáver exquisito de la escritora argentina Agustina Bazterrica tratan, uno el debilitamiento del pensamiento liberal y su caída hacia el fascismo, y el otro la desensibilización, la individualidad y la crisis alimentaria que sufre Argentina, llegando al punto de popularizarse el consumo de carne de burro, y reflejado en la novela de Bazterrica en la legalización de la venta de carne humana; ambas temáticas que, aunque están representadas en el futuro, muestran preocupaciones propias de su tiempo.
¿Cuándo la advertencia distópica deja de ser crítica?: “Ese momento llega cuando la advertencia deja de ser una pregunta abierta y se transforma en una certeza. Una distopía crítica nos inquieta porque mantiene abierta la posibilidad de que las cosas sean de otro modo, que los horizontes sean modificables y que los futuros puedan construirse de otra manera” puntualiza Shuffer.
En contraposición, la investigadora puntualizó que “la distopía saturada, ligada a los discursos catastróficos, entrega un diagnóstico tan cerrado que no deja espacio para actuar ni para elaborar herramientas que permitan construir un porvenir distinto.”
UNA FICCIÓN PARA NO PERDER LA ESPERANZA
“Donna Haraway plantea en Seguir con el problema la necesidad de rehuir dos actitudes paralizantes ante la crisis: la fe ciega en que la tecnología vendrá a salvarnos y la resignación de asumir que ya es demasiado tarde para actuar” comentó la académica, acerca de las actitudes que deben ser evitadas para abordar con ojo crítico las crisis.
Para finalizar, Shuffer concluyó que “las épocas de crisis son espacios ambivalentes: constituyen una ruina, pero también albergan la posibilidad de una liberación. El desafío consiste en reconocer la catástrofe sin aceptar que esta tenga la última palabra”, señalando que la ficción más crítica puede darnos los materiales y herramientas necesarias para cuestionar la aparente inmovilidad del presente, proyectando un futuro diferente.
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