El Mundial 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá entre el 11 de junio y el 19 de julio, podría llegar a generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), convirtiéndose en la competición con mayor huella de carbono de la historia.
Así lo estima el laboratorio de ideas New Weather Institute en un estudio que indica que las emisiones de efecto invernadero derivadas del transporte aéreo aumentarán entre un 160 % y un 325 % en el torneo respecto a anteriores ediciones.
Que el Mundial 2026 genere 9 millones de CO2 supondría doblar la media histórica de los mundiales precedentes, según el mencionado informe.
El de 2026 será el Mundial de las grandes distancias porque se celebrará en tres países diferentes, con 16 sedes distribuidas por el vasto territorio que recoge cuatro husos horarios distintos: entre Vancouver y Miami, las sedes más separadas hay cerca de 5.600 kilómetros de distancia.
Por eso los desplazamientos de equipos, de aficionados y de trabajadores multiplican los que pueda generar otro tipo de grandes competiciones como los Juegos Olímpicos (celebrados generalmente en una misma ciudad) u otros torneos que no se extienden tanto en el tiempo.
Asimismo, que este certamen en concreto sea el más grande jamás disputado, con 48 selecciones y 104 partidos, eleva la emisión de CO2 y de gases de efecto invernadero.
"Más grande también significa más vulnerable. Más equipos implican más vuelos, más logística, más consumo energético y más exposición operativa. Mientras el deporte intenta avanzar hacia modelos más sostenibles, los megaeventos internacionales crecen a un ritmo que tensiona los límites climáticos y urbanos", explica Sergi Simón, asesor académico de EALDE Business School.
El clima será otro desafío, pues el calor extremo sobre jugadores, aficionados e infraestructuras puede impactar en el correcto desarrollo del evento.
Informes recientes, como desvela EALDE, alertan de que varias sedes podrían registrar episodios de estrés térmico "potencialmente peligrosos", como en Miami, Dallas, Houston o Monterrey.
Una situación que aviva el debate sobre la temporada en la que deberían jugarse este tipo de competiciones, con cada vez más adeptos a celebrarlas en meses de climas suaves o en horarios más cercanos a la noche, con temperaturas más bajas.
"El deporte empieza a descubrir cómo el cambio climático ha dejado de ser un problema futuro para convertirse en un riesgo económico y operativo directo", añade Simón.
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