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Teletrabajo y salud mental: Las señales de alerta que no se deben ignorar

El insomnio, cambios drásticos en el apetito y la incapacidad de desconectarse son algunos signos que revelan el impacto negativo del aislamiento laboral. La psicóloga de la Usach Isabel Puga explica cómo esos factores pueden llevar a una depresión y da recomendaciones para un buen cuidado de la salud mental.

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  • Raul Gutiérrez Velásquez

  • Jueves 11 de junio de 2026 - 17:54

Hace algunos días, un artículo publicado por la revista Science señaló que el teletrabajo, una modalidad laboral a distancia que “agarró vuelo” durante la pandemia de Covid-19, estaría empeorando la salud mental de muchas personas.

En términos concretos, el artículo firmado por investigadoras del Banco Federal de Nueva York conjuntamente con científicas de las universidades de Harvard y Virginia (en Estados Unidos) consideró un universo de 568.000 personas entre los años 2011 y 2024 (sin incluir mediciones en 2020 y 2021). Y en sus conclusiones se indica que un gran porcentaje de los encuestados manifestó que, por realizar sus actividades en sus espacios propios (como sus domicilios), terminan pasando más tiempo en soledad y sin muchas actividades sociales. Y esos dos factores estarían teniendo peso en una disminución de la calidad de salud mental.

Ante la evidencia estadística, Diario Usach conversó con Isabel Puga, psicóloga y académica de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago para saber cómo el teletrabajo puede terminar afectado a las personas. “Es efectivo que modalidad laboral, desde el punto de vista de la psicología, puede tener efectos negativos. Tenemos que considerar que el espacio laboral presencial no es solo un lugar de producción, sino un entorno regulador de la experiencia humana”, dice y complementa resaltando que “los humanos somos biológicamente sociales, necesitamos la corregulación emocional que otorgan las interacciones cara a cara (los gestos, el tono de la voz y la presencia física)”.

La psicóloga sostiene que cuando la gente se traslada de manera absoluta al entorno virtual “se pierden los límites físicos y temporales de la vida privada y laboral”. Eso, dice “genera un fenómeno de ‘fusión de contextos’ que puede derivar en fatiga cognitiva, sobrecarga mental y, de forma invisible pero profunda, en una desconexión mental y física que desestabiliza nuestro bienestar”.

SEÑALES DE ALERTA 

Ahora, ¿cómo nos damos cuenta de afectaciones en nuestra salud mental causadas por teletrabajo? Isabel Puga responde que “las alertas suelen ser sutiles y se manifiestan en la alteración de nuestros ritmos cotidianos y en cómo nos significamos a nosotros mismos en el día a día”.

De esta manera, las personas que realicen actividades laborales desde sus domicilios (o desde cualquier sitio que no sea su trabajo) deben poner atención si es que comienzan a manifestar alteraciones en sus ciclos biológicos (dificultad en la conciliación del sueño (insomnio) o al revés (dormir por muchas horas) junto con cambios drásticos en su apetito; cuando se pierde el interés o el disfrute por actividades que antes generaban placer, limitándose solo a cumplir con lo laboral (anhedonia progresiva); ante la presencia de una incapacidad para comenzar las tareas por falta de energía o cuando está la imposibilidad de “desconectarse” respondiendo correos a altas horas de la noche (procrastinación o hiperconectividad); cuando se responde con frustración ante demandas menores o mostrando una falta de respuesta emocional ante los estímulos del entorno (irritabilidad y aplanamiento afectivo); si se presenta una dificultad en la concentración, fallas en la memoria de trabajo y un discurso interno con tendencia a la autocrítica severa o a la desesperanza (sintomatología cognitiva) y cuando existe desinterés de estar con otras personas evitando compromisos sociales, cumpleaños de familiares o reuniones de amigos (aislamiento social).

Sobre los factores desencadenantes de una depresión por teletrabajo, Puga resalta al aislamiento como “el detonante principal” y expone la perdida de regulación, al déficit de redes de apoyo activas, la ausencia de transiciones rituales y a la pérdida del sentido de pertenencia como otros elementos determinantes.

El primero de estos puntos indica que, cuando las personas pierden el “termómetro emocional” de compartir con un compañero de trabajo, no existe quien valide sus intereses o ayude a distender una jornada, lo que se puede expresar en una cronificación de la jornada laboral.

Respecto al segundo, el aislamiento corta el flujo de interacciones espontáneas (el café de pasillo, el saludo matutino). Al no tener un contacto con otro, la gente ve su sistema de apego y seguridad debilitados.

La ausencia de transiciones rituales remite a que acciones como los viajes en micro, auto o metro, funcionan como “amortiguador” o frontera mental entre los roles de trabajador y el de la vida personal. Con el teletrabajo, esa línea desaparece gatillando un cansancio por continuidad. 

Y la pérdida del sentido de pertenencia es “uno de los impactos psicológicos más profundos y menos visibles del teletrabajo crónico”, expresa Isabel Puga. “Los seres humanos somos seres biológicamente sociales y construimos nuestra identidad en la interacción cotidiana. El espacio laboral presencial actúa como una ‘tribu’ que regula nuestras emociones a través de interacciones cotidianas. Y cuando se migra de forma absoluta a lo virtual, las relaciones se vuelven puramente instrumentales y transaccionales. Aquí, el trabajador deja de sentirse parte de una comunidad viva y pasa a percibirse como un satélite aislado, lo que debilita el lazo afectivo con la institución y abre la puerta a la soledad existencial”, dice.

La especialista relata que, desde una mirada técnica, “el aislamiento erosiona el propósito compartido y la cultura institucional”. Sostiene que “detrás de una pantalla, las labores corren riesgo de perder su significado trascendente y transformarse en una lista fría de tareas pendientes".

La académica plantea que "la falta de retroalimentación presencial suele ser llenada por la mente con narrativas de sospecha, autocrítica o la sensación de “ser invisible”. Esa desconexión desestructura el autoconcepto y priva al funcionario de ese marco de seguridad relacional que protege la salud mental, constituyendo un factor de riesgo crítico para el desarrollo de cuadros depresivos y el desgaste profesional".

EL CUIDADO DE LA SALUD MENTAL DE LOS EMPLEADOS REMOTOS 

La evidencia científica en neurobiología, psicofisiología y psicología del apego respalda con fuerza que la salud mental depende de la estructuración rítmica y la diversificación de la experiencia. En este sentido, Isabel Puga explica que para blindar a los trabajadores y mitigar activamente la pérdida del sentido de pertenencia, debemos operativizar la rutina en tres pilares prácticos.

La primera es la higiene de inicio y cierre (rituales de transición y predictibilidad cognitiva. La psicóloga sostiene que “establecer horarios estrictos y cerrarlos con un acto físico (como apagar un computador o cambiarse de ropa) actúa como un disparador conductual”. A eso agrega que “caminar 15 minutos al finalizar una jornada recrea de forma artificial un ‘tercer espacio’ de transición que existía en el contexto presencial, enviándole una señal clara al sistema nervioso de que el entorno cambió y es seguro transitar hacia la desactivación y el reposo”.

A su vez, la académica de la Facultad de Humanidades indicó que la exposición a la luz solar matutina actica las células ganglionares de la retina, las que envían señales directas al núcleo supraquiasmático del hipotálamo, regulando la producción de melatonina y cortisol. “Esto no solo estabiliza los ciclos de sueño sino que afecta directamente los estamos de ánimo”, acota.

Finalmente, Puga manifiesta que “los seres humanos poseemos un sistema de apego y afiliación que requiere de la corregulación emocional para mantenerse en equilibrio. En la presencialidad, este sistema se nutre de microinteracciones espontáneas que validan nuestra existencia y pertenencia a la ‘tribu’”

La especialista expresa que las empresas, ya sean públicas o privadas, “tiene una obligación legal estricta” en este sentido. “Las instituciones no pueden asumir que el bienestar del trabajador remoto es un asunto de su esfera exclusivamente privada, ya que el espacio laboral se ha trasladado al hogar”, concluye.

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